El tesoro arqueológico del corredor vial Villavicencio-Yopal

Durante mucho tiempo el panorama histórico de las primeras comunidades humanas que habitaron en el piedemonte llanero fue casi un desierto. Si bien existe un registro de ellas en las crónicas de los colonizadores que emprendieron expediciones en las faldas de la cordillera Oriental, documentos en los que se mencionan poblaciones de ‘indios’ en el río Opía (Upía) con diversas lenguas, que habitaban en bohíos o casas de admirable grandeza y con ímpetu y rechazo a los conquistadores, a los que siempre presentaban pelea, estos fueron invisibilizados hasta el punto de ser agrupados en una sola categoría: los guayupes.

Por eso, aunque se acepta que esta región fue habitada por grupos humanos en periodos prehispánicos, poco se sabe de cuáles fueron esas etnias que vivieron allí, e incluso durante mucho tiempo se asoció con grupos que no contaban con cultura material que pudiera ser rastreada. Una concepción que se ha transformado con estudios hechos en las últimas décadas, pero sobre la que aún queda mucho por descubrir.

Así que es especialmente significativo el hallazgo que se ha hecho en los últimos dos años en el marco del proyecto de construcción y mejoramiento de la nueva autopista 4G Villavicencio-Yopal. Lo que en un principio se proyectó como una zona de bajo interés arqueológico en los estudios previos, hoy se ha convertido en una de las excavaciones más grandes del país, con cerca de 10 hectáreas, donde se han recuperado 334 piezas representativas y aproximadamente 9 toneladas de vestigios (entre cerámica y líticos) que hacían parte de ollas, cuencos, urnas o herramientas de comunidades prehispánicas que habitaron la región de los Llanos Orientales.

El monitoreo planeado dentro del Programa de Arqueología Preventiva implementado por la Concesionaria Vial del Oriente (Covioriente), encargada de este proyecto 4G, permitió que al iniciar las etapas constructivas se identificaran muchos más sitios arqueológicos en las regiones de impacto de la obra, hallazgos que, de acuerdo con los arqueólogos que participaron del proyecto, se hicieron durante las etapas de descapote –en las que se retira el pasto—, lo que ha permitido salvaguardar el patrimonio.

Con una inversión cercana a los 10.000 millones de pesos —se proyecta que la inversión total ascienda a 15.000 millones de pesos—, el programa de arqueología abarca actividades de monitoreo, excavación y rescate de piezas; laboratorio especializado, informe final, socialización a las partes interesadas y disposición del material arqueológico, de acuerdo con los lineamientos establecidos por la normativa del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH).

Es así como desde el año 2018 se han identificado 55 sitios con elementos arqueológicos en los municipios de Restrepo, Cumaral (Meta), Paratebueno (Cundinamarca) y Monterrey (Casanare), lugares donde se encuentran rastros de comunidades que habitaron el territorio llanero hace cientos de años y una oportunidad para ampliar el conocimiento limitado que se tiene sobre las primeras poblaciones que habitaron en el piedemonte, como lo manifiesta el gerente de Covioriente, Miguel Vargas.

“Los trabajos realizados han permitido no solo salvaguardar los vestigios que se encontraban en la zona de influencia del proyecto, sino que la amplitud de las excavaciones que cubren varios municipios y departamentos ha traído consigo la posibilidad de conocer y estudiar las sociedades prehispánicas que ocuparon la región. Es la primera vez que se recupera de manera sistemática tanta información sobre los grupos humanos que vivieron en los Llanos Orientales de Colombia, con lo cual el concesionario realizará grandes inversiones para hacer los estudios necesarios con el fin de generar un gran valor cultural y potencial turístico para la región”, afirma.

Buscar en el lugar adecuado

Según explica el arqueólogo Juan Carlos Rubiano, coordinador de arqueología de Covioriente, a pesar de ser una región en la que se ha llevado a cabo gran cantidad de investigaciones, también es una de las zonas en las que la mayor parte de los estudios han tenido como resultado la no evidencia de material. “Son los recientes los que han mostrado hallazgos porque son proyectos constructivos que cubren mayores áreas, tanto obras relacionadas con hidrocarburos como de vías. Eso ha venido transformando en los últimos años la imagen que se tenía del Llano”.

Así, lo que se creía que eran sociedades nómadas con pocos vestigios y una altísima movilidad, proyectos como el del corredor Villavicencio-Yopal han empezado a mostrar que sí tuvieron grandes asentamientos, además de patrones de ocupación diferentes a los que se creía originalmente. “Se pensaba que estas áreas de vivienda estaban fundamentalmente en zonas altas, protegiéndose de las inundaciones y de todos los procesos propios de los ríos en la región, pero lo que se ha identificando, por ejemplo, en el marco del proyecto del corredor vial, es que hay muchos yacimientos, sobre todo en el departamento del Meta, que quedan en zonas bajas, inundables”, detalla Rubiano.

De acuerdo con el experto, esta concepción pudo estar dificultando que los arqueólogos encontraran rastros de estas sociedades prehispánicas debido a que posiblemente estaban buscando “en sitios donde no era”. Un panorama en el que la arqueología preventiva ha proporcionado nuevas posibilidades al implicar procesos de investigación en zonas a las que se llega sin ideas preconcebidas.

“Ahora vemos sociedades mucho más sedentarias, que tenían pequeñas aldeas, varias agrupaciones de casas alrededor de algunos sitios puntuales, aunque también existían patrones de ocupación de viviendas aisladas. Se están evidenciando sociedades más complejas de lo que se tenía pensado hasta hace muy poco tiempo”, manifiesta el arqueólogo Rubiano.

De hecho, desde el ICANH se resalta que las medidas de manejo del proyecto vial han permitido ampliar el conocimiento de los patrones de asentamiento de los grupos humanos que habitaron la región; acercarnos a comprender sus relaciones con el espacio y la manera en que localizaron sus actividades cotidianas, y refinar las secuencias cronológicas y las tipologías cerámicas en la región, lo que facilitará el trabajo de futuros investigadores.

“Asimismo, esperamos que los análisis especializados contribuyan a comprender con mayor detalle estos patrones de asentamiento y formas de vida, nos den mayor claridad sobre las fechas de las ocupaciones (y los materiales asociados a ellas), y permitan aproximarnos a comprender esas relaciones y transiciones entre el piedemonte y el llano”, asegura Silvia Mathilde Stoehr Rojas, antropóloga del ICANH.

De acuerdo con la entidad, en el escenario de estas obras se han implementado prospecciones intensivas, excavaciones estratigráficas y actividades de verificación y monitoreo, que han permitido reconocer áreas arqueológicas que se presume corresponden a viviendas principales, secundarias y auxiliares; posibles sitios de enterramiento (dentro y fuera de las áreas domésticas, aunque deberá verificarse con la posterior microexcavación la presencia de restos óseos y determinarse si se trata de humanos o animales), zonas de cultivo, áreas de tránsito, sitios de basurero, áreas rituales, así como zonas de trabajos específicos dentro de los espacios. Lo cual permite realizar interpretaciones en torno a las áreas de actividad en los sitios y la diferenciación política dentro de las comunidades que habitaron ahí en tiempos prehispánicos.

Excavaciones a mano

Hasta el momento, en los trabajos de Covioriente se ha identificado un número significativo de cerámica rojo inciso, con patrones ocupacionales del periodo formativo, es decir, civilizaciones que datarían de los años 800 y 500 a. C., y va hasta el 1.500 d. C. Un proceso en el que se ha destacado que, de acuerdo con la metodología de conservación y preservación del patrimonio, cerca de 69.000 metros cúbicos de tierra fueron removidos manualmente (sin uso de herramientas pesadas), con ayuda de 434 trabajadores, en su gran mayoría de la región, que fueron vinculados para tal labor.

“Se buscaba involucrar gente de la región con la intención de generar empleo y conocimiento en la zona, siguiendo la normatividad que existe”, explica el arqueólogo Rubiano. Con ese fin se seleccionaron hombres y mujeres a quienes se les han hecho capacitaciones constantes sobre cómo identificar objetos líticos, óseos, metales y cerámicas; y cómo se lavan, se preservan y se analizan, entre otros temas relacionados con la arqueología.

“Eso ha generado que hoy en día se tenga personal de la región que esté muy capacitado sobre cómo hacer excavaciones de manera detallada, cómo proteger los vestigios, qué hacer si se encuentran algo; pueden saber si son tempranos, si son tardíos”, asegura el experto, quien añade que esos trabajadores estuvieron acompañados de un grupo de 20 arqueólogos que supervisaron y guiaron la tarea de rescate.

Ahora las piezas han pasado a una fase de laboratorio en la que se limpiarán y se someterán a microexcavación los recipientes para extraer de ellos los restos de tierra y posibles rocas, semillas, madera carbonizada y restos óseos que puedan tener en su interior. Además de hacer sobre estos materiales pruebas especializadas de carbono 14 y análisis de grasas que ayudarán a reconstruir la historia de estos habitantes del Llano.

Un conocimiento que también se quiere continuar acercando a los habitantes de las regiones de los hallazgos. Objetivo para el que Covioriente y la Corporación Universitaria del Meta (Unimeta) firmaron un convenio con el fin de difundir y acercar los hallazgos encontrados en el corredor a estudiantes, docentes y comunidad en general.

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