Mi hija murió en un absurdo accidente y habría cumplido años en Navidad

Hoy mi hija Luisa Jiménez cumpliría 24 años. Probablemente saldríamos a comer a algún restaurante, y en la noche nos reuniríamos para celebrar la llegada de la Navidad. Sin embargo, hoy es mi primer 24 de diciembre sin ella, después de que un absurdo accidente acabó con su vida en Ibagué.

Recuerdo que para nuestra familia fue muy especial que Luisa naciera en Nochebuena, fue un regalo. Era tener a nuestro niño Dios en vivo para hacer la novena cada diciembre. Desde pequeña se caracterizó por su alegría y su sonrisa, que alegraba todos los espacios en donde ella estuviera.

Con el paso del tiempo muchas cosas nos fueron uniendo cada día más. La difícil situación económica que atravesamos cuando ella era solo una niña, debido a que yo me acababa de separar y no tenía un trabajo fijo, la convirtió en una mujer llena de coraje y empatía.

Era amante de los animales, defensora de las mujeres y una excelente consejera, razones por las que quería estudiar veterinaria o psicología. Sin embargo, todo se dio para que estudiara Pedagogía Infantil, profesión que compartíamos. Se convirtió en una profesora inigualable; ella conectaba de forma inmediata con los niños.

Antes del accidente estábamos en la mejor época en mucho tiempo. Luisa se había graduado de la universidad el año pasado, ya tenía su primer trabajo y estaba pensando en iniciar una maestría. Yo, por otro lado, tenía un empleo estable en un colegio. Más que mamá e hija, nos habíamos convertido en colegas.

Todo se desmoronó en un instante, cuando una noche me llamaron para informarme que mi hija, colega y amiga se había accidentado. Yo jamás me imaginé que horas después no la volvería a ver.

El día de la tragedia

Todo ocurrió entre la noche del sábado 10 y la madrugada del domingo 11 de abril. Habíamos tenido un día normal, tranquilo y en familia, como era costumbre los fines de semana.

Fuimos a almorzar a la casa de mi mamá. Después de un rato, mi hermano, quien consideraba a Luisa como una hija, la convenció de que fueran a comer pizza junto con una prima.

A eso de las nueve de la noche, mi hija volvió al apartamento y me dijo que vería una película mientras terminaba la comida que le faltaba. Llevó su cobija a mi cuarto y se acostó a mi lado, como siempre lo hacíamos. Hablamos un rato, hasta que ella dijo que ya quería acostarse.

Nos abrazamos, nos despedimos y ella se fue a su habitación. Pasó un rato y yo salí un momento para traer algo de la cocina. Noté que Luisa estaba hablando por teléfono y escuchando música, así que yo tranquilamente volví a mi cuarto y me acosté.

Más tarde, aproximadamente a las 10 y media, escuché que ella se levantó. Yo salí de mi cuarto y le pregunté: «¿Para dónde vas?». Ella, ya con su pijama puesta, dijo: «Voy al baño».

En ese momento me quedé profundamente dormida, sin saber que serían las últimas palabras que me diría, que sería la última vez que vería a mi hija con vida.

Recuerdo que soñé que Luisa estaba subiendo sus cosas a un Jeep, como si se estuviera trasteando. Tal vez esa fue su despedida. Luego mi esposo me despertó en la madrugada para decirme que me necesitaban urgente.

Era Angélica, la mamá de Pedro, el novio de mi hija, quien me llamaba para decirme que Luisa y otras personas se habían accidentado. Aunque me angustié, pensé que no era algo grave, jamás me imaginé que era algo así.

12 horas críticas

Aún no tengo nada claro de lo que pasó, solo sé que a Luisa la llamaron y ella salió. En dos horas mi vida cambió completamente.

Sé que se movilizaba en una camioneta junto con Pedro y otras cinco personas cuando el vehículo chocó contra las barandas de un puente y cayó al vacío, en la calle 37 con avenida Guabinal, en Ibagué. El carro, al caer, ardió en llamas. Algunos vecinos del sector ayudaron a socorrer a los accidentados.

El aparatoso accidente dejó algunas heridas en los pasajeros, pero la única que quedó en estado crítico fue mi hija.

Cuando llegué a la clínica un médico se acercó para hablarme. Me dijo que Luisa estaba entubada, sedada, su pecho se movía lentamente, pero ella aún me escuchaba. Fue un momento muy difícil. Le tomé su mano y le dije cuánto la quería, le repetía que ella era fuerte.

Yo le rogaba a Dios que le diera otra oportunidad para seguir. Así fuera con terapias, con cualquier cosa, pero que saliera adelante, que siguiera luchando, que no me dejara.

El médico me dijo que las siguientes 12 horas eran críticas, si las superaba, teníamos esperanza de que sobreviviera.

Pero no fue así. A las 8 de la mañana del domingo 11 de abril del 2021, el doctor se acercó nuevamente y me dijo: «Luisa Fernanda tenía…». Yo lo interrumpí y le pregunté por qué hablaba en pasado, aunque por dentro sabía lo que eso significaba.

Él solo me miró y afirmó: «No hay nada que hacer».

Ahí todo fue confusión, dolor, tristeza.

A las 6 de la tarde, después de que Medicina Legal recogió el cuerpo, regresé al apartamento. Cuando llegué vi su cama destendida y la pijama con la cual se acostó a mi lado.

Ver todo ahí, y saber que nunca más iba a regresar, para mí fue la peor sensación. Al comienzo no lo creía e imaginaba que estaba de viaje y en cualquier momento iba a regresar. Tuve este pensamiento hasta cuando colocamos la lápida con su nombre, allí entendí que se había ido.

El martes siguiente fue su funeral. Ese día me llamó Angélica a preguntarme si podían ir con Pedro. Yo le dije que sí, pues a pesar de que muchos aseguraban que no debía permitirlo, debido a que él iba manejando la camioneta, asumí que había sido un accidente y así lo sigo creyendo.

Un proceso de aceptación y de perdón

Los siguientes días fueron de mucho dolor. Aunque todos me lo recomendaron, yo no quería ir al psicólogo. Sin embargo, le conseguí una especialista a mi mamá, quien al final terminó ayudándome y escuchándome también a mí.

Uno de los consejos más valiosos que ella me dio fue que convirtiera la habitación de Luisa en un lugar de luz, pues yo tenía su cuarto totalmente cerrado y oscuro. Así que le puse velas, lo llené con flores y abrí las cortinas, lo cual me ayudó a entender que ella seguía aquí de alguna manera, iluminando nuestras vidas. Ese fue el primer paso.

Lo siguiente que hice fue regalar el computador que ella recién había adquirido para su trabajo. Junto con otras de sus pertenencias, se lo obsequié a una joven que también estaba estudiando Pedagogía Infantil, con la tranquilidad de que sería un acto que a Luisa le hubiera gustado, pues no era apegada a lo material y siempre estaba dispuesta a ayudar. De hecho, me hizo recordar cuando recibió su primer sueldo y decidió gastarlo en un mercado para una familia que lo necesitaba. Me dijo: «No tengo nada, pero me siento tan bien».

En medio del duelo también estaba preocupada por mi hijo mayor, Nicolás, quien recibió la noticia en Brasil, país en donde reside y trabaja. Solo quería abrazarlo, consolarnos juntos.

Apenas él logró regresar a Colombia, después de que levantaran las restricciones por el covid-19, nos abrazamos, lloramos y cumplimos la promesa que nos habíamos hecho por teléfono: nos hicimos un tatuaje con las iniciales de los tres, así como Luisa se había tatuado en honor a nosotros hace un tiempo.

Junto con Nicolás nos comprometimos a aceptar la realidad y vivir como a Luisa le gustaría que lo hiciéramos, con alegría. Sí he tenido días en los que lloro profundamente en mi apartamento, me tumbo en la cama, pero luego me pregunto: ¿Qué gano con esto? Igual me tengo que volver a levantar y continuar.

Es por eso que volví a mi trabajo rápidamente, algo que también me ha ayudado mucho. Los niños han consolado mi corazón, y mis compañeros han orado por mí, son un apoyo.

Muchos me dicen que soy muy fuerte porque no me muestro llorando ni triste, pero si algo tengo claro es que mi duelo ha sido un proceso personal y que hay una fuerza que, aunque no sé de dónde viene, me ha permitido seguir.

Aunque antes en mi mente me preocupaba no hacer justicia por mi hija, y a veces me preguntaba si debía buscar culpables de lo sucedido, no quería alimentar odio cuando sabía que Pedro, a pesar de los errores que pudo haber cometido, jamás tuvo intención de hacerle daño. Nada iba a hacer que mi Lu regresara.

A pesar de que ya no está físicamente para celebrarlo, hoy quiero conmemorar los 24 años de su existencia alegrando la vida de 24 niños que lo necesiten, siguiendo la esencia que tenía mi hija. Junto con el sacerdote Gregorio, quien ha acompañado a nuestra familia en el duelo, nos pusimos la tarea de organizarles un evento a los pequeños.

Incluso, Pedro me ha contactado para participar en estas actividades, una oportunidad que no le he negado, pues es parte del proceso de perdón que mi corazón ha atravesado y que muy poca gente lograría entender.

Lo que más me preocupa es olvidar

Aunque ya tengo a Luisa marcada en mi piel, lo que más me preocupa, hasta el día de hoy, es olvidar. Es por eso que tengo una caja llena de cosas que me la recuerdan todos los días.

Guardo con amor las cartas tan lindas que me escribió, diciéndome que me amaba. También el último escrito que le encontré a mano, el cual era un oración en la que le agradecía a Dios por las bendiciones que recibía a diario y por tener un día más lleno de salud.

Atesoro con nostalgia, además, algunos de los mensajes que recibí tras el accidente. Las personas a su alrededor le tenían un cariño especial. Sus amigas decían que ella era como una mamá, que siempre las escuchaba y se preocupaba por su bienestar. Y sus estudiantes, a pesar de que solo compartieron con Luisa un par de meses, la querían como si la conocieran de años.

De hecho, recibí muchos dibujos, videos y cartas que reflejaban su carisma, su amor por lo que hacía y cómo siempre alentaba a los niños a que fueran unas excelentes personas.

Hoy, en su cumpleaños, todos los pequeños detalles vividos junto a ella pasan por mi mente.

Recuerdo cuando ponía vallenato en la casa mientras hacía sus deberes. Así como también lo mucho que amaba a los animales, en especial a Roberto Timoteo y Micifuz, un loro y un gato que en algún momento fueron parte de su vida. O cuando me hablaba de lo que había leído sobre Frida Kalo, uno de sus personajes favoritos.

En mi corazón están todas las lecciones que me enseñó. Hasta el último momento fue generosa y llena de un amor infinito. No hay palabras para expresar cuánto la extraño, pero mi consuelo es saber que vivimos momentos maravillosos, que reímos, lloramos y nos abrazamos juntas y, sobre todo, que nos quisimos con el alma.

Hoy en día no entiendo qué pasó, si fue Dios, el destino o el universo el que nos separó, pero estoy inmensamente agradecida de haber podido disfrutar durante 23 años de ese amor incondicional, esa sonrisa cálida y ese abrazo amoroso.

Fuente: El Tiempo

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