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Un crucero por el Nilo para conocer el pasado de Egipto en presente

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Dudas, misterios e interrogantes quedan luego de este viaje de una semana por Egipto. Esa es la excusa perfecta para pensar en volver a este mundo de vestigios que cuentan la historia de una civilización de faraones y de un pueblo que construyó con magnificencia los templos y las tumbas que le dan valor a la palabra ‘inmortalidad’.

El viaje –invitación de la operadora Mega Travel y de Turkish Airlines– comenzó la primera semana de octubre, en El Cairo, la capital egipcia, una de las más importantes del mundo árabe, ventana a un mundo de riquezas y patrimonios, a un pueblo de gente amable, sencilla y educada, y a un pasado que le da vida al presente.

Nuestro paso por esta ciudad fue fugaz. Solo un día. Con tan poco tiempo, y de la mano de uno de los mejores guías de esa región, Mohamed Ibrahim, avanzamos 20 kilómetros al suroeste de El Cairo, en busca del valle de Guiza y sus tres pirámides.

“La más grande es la de Keops, el faraón de la IV dinastía que reinó hace más de 4.600 años; a su lado, la de Kefrén, su hijo, y cerca, la de Micerinos, hijo de Kefrén”, anuncia el guía.

La respiración se acelera con solo verlas de lejos. Sobresale la Gran Pirámide de Egipto (Keops), “es la más grande, con 140 metros de altura y cinco hectáreas de base –dice–. Es la única de las siete maravillas del mundo antiguo que sigue en pie”.

Son una obra de ingeniería de gran magnitud, y sobre su construcción no hay una versión única. ¿Cómo las hicieron? ¿Cómo lograron trasladar esos bloques de piedra de gran tamaño? “Muchos estudios, muchas teorías, muchos por qué, muchas relaciones con el Sol y con las estrellas…”, responde Ibrahim.

Lo mejor es dedicar cada instante a admirar toda la escena: las pirámides, el rebusque de la gente, la ansiedad de los turistas, los camellos, los niños que revolotean, y al fondo se escucha la voz del guía: “Unos egiptólogos concluyen que debieron trabajar más de 100.000 personas durante la época de la crecida del río Nilo, y cortar la piedra caliza en la misma zona. Otros piensan que trajeron los bloques en trineos de gran tamaño, deslizados por el río”. Todas las teorías son posibles.

Luego, una breve visita a la Esfinge, que custodia la pirámide de Micerinos. “La versión oficial dice que fue construida en el 2450 a. C. –nos cuenta–. Es una enorme figura de roca caliza, tiene 20 metros de altura y unos 70 metros de longitud. La cabeza representa la sabiduría, y el cuerpo de león es símbolo de la fuerza. Perdió la nariz, y su barba está en el Museo Británico. Le han hecho mucho daño, pues se piensa que debajo hay tesoros, lo cual no es cierto. La última restauración se hizo en los años 80, con apoyo de los japoneses”.

Desde Asuán hasta Luxor

De El Cairo volamos dos horas hasta Asuán (873 kilómetros al sur). Y allí nos embarcamos en una de las más asombrosas travesías que se viven es la región noreste de África. En el barco Princesa Sarah emprendimos, con rumbo norte, un viaje de cuatro días a lo largo de 238 kilómetros por el río Nilo, para descubrir esa cuna de la civilización egipcia que se desarrolló durante 3.500 años y de las más importantes de la humanidad.

El crucero, que es clase turista y sin mayores lujos pero con muy buen servicio y atención, nos lleva a esta aventura. La alimentación está incluida y es deliciosa, variada y saludable.

El barco tiene cuatro cubiertas: la superior con piscina y habitaciones con balcones para disfrutar paisajes mágicos e inolvidables. Las noches son divertidas; además de la comida hay bailes, fiesta de túnicas y música egipcia.

Zarpamos sobre las 6 p. m. en medio de un atardecer de sol encendido en naranjas. El Nilo es apacible. Sus aguas, serenas. Su cauce y sus orillas son una película de nunca acabar. Ruedan a lado y lado imágenes de poblaciones, sembradíos verdísimos en medio de las arenas del desierto, palmeras de dátiles… y, allí, templos, monumentos, mausoleos y tumbas que nos hablan de una cultura que vivió para honrar la inmortalidad. Las visitas son muy temprano o a partir de las 4 p. m., cuando el sol abrasador comienza su descenso.​

Philáe, el templo más bello

Para mí, Philae (o Filae) es el templo más bello e impactante de Egipto por su ubicación, por su belleza, por su conservación y por su significado. La primera parada fue en este patrimonio de la Unesco, al cual se llega luego de un corto viaje en un velero egipcio que nos lleva del puerto de cruceros a la isla de Agilkia, en un lugar silencioso e imponente.

Llamado la Joya del Nilo, “está dedicado a Isis, diosa del amor, muy importante en la época faraónica”, dice Mohamed, y gran parte de su magia está en la leyenda que dice que “el rey Osiris (dios del bien) fue asesinado por su hermano Seth (dios del mal), quien esparció su cuerpo a lo largo del país; entonces, su esposa Isis con su amiga la diosa Athor recogieron sus restos por todo Egipto. Luego Isis se refugió en Philae para reconstruirlo. Lo revivió y tuvo a su hijo Horus”.

Solo con mirarlo desde el río se aprecia su magnitud y su belleza. Y ya adentro, el tiempo se hace muy breve para visitar las puertas, las capillas, los patios y los templos que integran este complejo. De no perderse, el Templo de Hathor, la Puerta de Trajano y los pilonos de la entrada.

El conjunto hace parte del Museo al Aire Libre de Nubia y Asuán, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1979.

“Philae hoy no está en su lugar original, pues tras la construcción de la represa de Asuán quedó sumergido en el agua. La Unesco decidió salvar el templo, y fue desmontado, trasladado y reconstruido en 1974. No conserva la simetría original, pero sí toda su belleza”, dice nuestro guía. Adiós, Philae… ¡Volveré!

Cuatro días para no olvidar

La misma barcaza egipcia enfila motores y nos lleva a vivir dos experiencias: montar en camello y visita a la aldea nubia.

Para la primera, nos detenemos en una playa del río donde nos espera una recua de camellos ataviados con mantas y cordones de colores y, al lado, sus adiestradores. Es un corto paseo divertido, lo suficiente para la foto de rigor y sentir el reto de subir y bajar de sus empinados lomos.

Nuevamente, a la barcaza; un breve recorrido amenizado con la música tradicional y una parada para ver las costumbres y tradiciones de la aldea nubia, en la isla Soheil, cerca de la presa de Asuán. El guía nos explica que los nubios son un grupo etnolingüístico considerado cuna de la civilización, ubicado en la zona central del valle del Nilo, y del que queda un remanente que fue trasladado cuando se construyó la presa, inundando sus tierras ancestrales. Nos acogieron con gentileza, nos hicieron tatuajes en henna, nos deleitaron con sus comidas y bebidas, y compartimos un rato en familia.

De vuelta al barco, una plácida travesía por el Nilo nos lleva a Kom Ombo, ciudad de Asuán. La noche cae mientras visitamos el templo “dedicado al halcón Haroeris y a Sobek, el dios cocodrilo, animal que habitaba la región y fue adorado por los locales”, señala Ibrahim. Lo integran una gran sala, dos santuarios sostenidos por columnas, recintos, un laguito y un museo que expone piezas y cocodrilos embalsamados. Son más de 2.000 años de historia los que se recogen allí.

Horus, el gran dios halcón

Por la noche navegamos rumbo a Edfu, en la ribera occidental del Nilo. Muy temprano y antes de que salga el sol enfilamos rumbo al templo dedicado al halcón Horus. Es el segundo templo más grande de Egipto, después del de Karnak, y uno de los mejor conservados.

“Estuvo enterrado bajo la arena y fue descubierto en 1860. Es un templo de la época griega, construido entre 237 y 50 a. C.”. Y como si fuera un relato de película, Ibrahim nos muestra las historias grabadas en sus paredes, que hablan de los dioses, las historias del halcón Horus y los grandes sacerdotes. Los grabados tallados en sus paredes dan información clave sobre el lenguaje, la mitología y la religión del mundo grecorromano en el antiguo Egipto.

Luxor, capital de faraones

Navegamos en busca de otro puerto y de más tesoros legendarios. El barco baja la velocidad para atravesar muy lentamente la esclusa del río Nilo junto a la ciudad de Esna y que es paso obligado para salvar un desnivel de unos diez metros. Mientras eso ocurre, pequeñas balsas de vendedores se pegan al crucero para ofrecer manteles, tejidos, cobijas y otras artesanías a muy buen precio. Un trueque interesante por dinero, pero también regalos que piden los mercaderes: esferos, camisetas, frutas… No hay que perderse este mercadillo navegante. ¡Es momento de comprar!

El barco acelera rumbo a Luxor, la antigua ciudad de Tebas, que pondrá fin a nuestra aventura, no sin antes sorprendernos y demostrarnos por qué fue la capital de los faraones en la cúspide de su poder, durante los siglos XVI al XI a. C. “Es la ciudad más importante del mundo por los monumentos que tiene» –asegura Ibrahim–. Podemos estar aquí un mes. Hay 4.500 tumbas, muchos templos funerarios. Fue la capital de Egipto durante el Imperio nuevo, cuando estaba en su esplendor; aquí se habla de Ramsés, Tutmosis, Amenofis, Tutankamón… Los faraones más importantes de esta nación.

La primera visita es al templo de Karnak, que durante siglos fue el más influyente centro religioso. La entrada es un camino de carneros, símbolos del dios Amón; luego, un gran patio, el templete del faraón Seti II, las columnas de Taharqo, el templo de Ramsés III y los obeliscos de Tutmosis I y Hatshepsut.

La noche es para el templo de Luxor, que estaba unido al de Karnak por una avenida de esfinges que hoy está en reconstrucción y será habilitada. Fue construido por dos faraones, Amenhotep III y Ramsés II. Otros contribuyeron con decoraciones, construcciones menores y bajorrelieves.

El desembarque en la mañana es para cruzar a la orilla occidental del Nilo y visitar la Necrópolis de Tebas: el Valle de los Reyes, el templo de la reina Hatshepsut y los colosos de Memnón. El sol alcanza su mayor intensidad. El valle arenoso y calizo nos abre sus caminos para llegar a los hipogeos en donde enterraron a los faraones del Imperio nuevo. Y, como si todo hubiera sido poco, allí, el gran tesoro de tesoros, revelado en 1922, la tumba de Tutankamón, el rey niño de la dinastía XVIII. Sin duda, el hallazgo más impresionante de la arqueología del siglo XX.

Con esos sorprendentes monumentos, y tratando de procesar tanta información y tantas experiencias, nos internamos en el desierto del Sahara, en bus, para atravesarlo en busca de la ciudad de Hurgada, y allí nos despedimos con nostalgia pero con la certeza de un pronto regreso a este grandioso Egipto.

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