
A pocos días del cierre de inscripciones, los partidos tradicionales del Putumayo están moviendo todas sus fichas para asegurarse de que nada cambie. Buscan controlar cada lista, cada aval y cada espacio de poder, como si el departamento fuera un patrimonio privado que pueden repartir entre los mismos apellidos de siempre.
Mientras tanto, las nuevas figuras políticas del territorio, aquellas que se han ganado el respeto caminando veredas, impulsando procesos sociales y construyendo liderazgo desde abajo, siguen enfrentando las mismas barreras de siempre: puertas que no se abren, trámites que se dilatan y decisiones que se negocian en escritorios lejanos, sin escuchar a la gente.
Lo que no cuentan los partidos tradicionales es que la renovación ya existe. Hay jóvenes, liderazgos comunitarios, defensores del medio ambiente, mujeres que han construido tejido social y procesos políticos serios que llevan años madurando en silencio. No buscan un cargo: buscan transformar. No quieren un aval para figurar: quieren un respaldo para seguir trabajando por las comunidades que ya acompañan.
La verdadera política está en esos líderes que han creado iniciativas comunitarias, que han defendido el territorio cuando nadie más se atrevía, que han organizado mingas, colectivos juveniles, proyectos productivos y espacios de formación ciudadana.
Y ahí está el pulso: entre quienes quieren aferrarse a un modelo político agotado y quienes representan el cambio real, surgido del trabajo territorial, del compromiso social y del reconocimiento de las comunidades.
El Putumayo no necesita más dirigentes que aparezcan solo en época electoral. Necesita a quienes ya están trabajando. Y ellos merecen el espacio que hoy les quieren negar.
